TheGuatemalaTime

Ya no queda nada

2026-03-23 - 16:12

0:00 0:00 Dice Luis Cardoza y Aragón, refiriéndose a los recuerdos, que cuando uno vive con ellos y los escribe con la tinta en un papel, “...lo que escribes es como hablar dormido: quieres rescatar algo de tu infancia irrescatable. No hacer memoria sino iluminar pulsiones que nunca se han desprendido cabalmente de ti. Rememorar su silabario para intuir el porqué de la adhesión fiel a tales efervescencias... Son súbitos encuentros y reencuentros con cierto orden de fulgores, minúsculas catástrofes espasmódicas, cortejos de máscaras y emociones reales o imaginarias: al volver a los años profundos lo que se halla es imprevisto”. (Dibujos de ciego). Hay quienes tenemos la manía de escribir sobre el pasado; nos gusta contar hechos que sucedieron en una fracción del tiempo que ya se fue; que se dieron en aquel tiempo, como dicen al inicio las lecturas de los Evangelios. A veces, esas añoranzas por regresar al lugar donde se nos desprendió el ombligo o donde tiramos al tejado nuestros primeros dientes de leche, no son gratificantes, porque como cuenta Luis Alfredo Arango en “Lola la Dormida”, cuando él llegó a su terruño de Totonicapán y le preguntó a una señora de aquel tiempo, que si aún estaba el viejo puente sobre el río Seco, la santa señora le cuenta que: “Ya no queda nada -Quedan los recuerdos señora- Eso sí... Los recuerdos... es lo único que nos queda”. En el tiempo de mi niñez en Chiquimulilla, era escaso el servicio de agua potable y las acarreadoras tenían que ir hasta los chorros de Champote, a llenar los cántaros que habían llegado de Ixhuatán, que antes había que sellarlos con cáscaras de majunche, un poco de ceniza y ponerlos al sol para que se les sellaran los poros y no se lloraran. Y las acarreadoras de agua tenían que subir una cuesta en una vereda empedrada, con un yagual en la cabeza para amortiguar el peso, pues eran “equilibristas”, ya que en la cintura traían otro cántaro lleno de agua. Eso alcanzaba para dos días. Y si uno quería bañarse era cosa del fin de semana, porque para limpiar la mugre, había que ir al río Ixcatuna y refrescarse en la poza de la Chorrera o a la poza del Mango. Esa era la costumbre en mi barrio de Champote, pues los del barrio de San Sebastián repetían el surtido en los chorros de Uchapí. Ahora los colindantes con el riachuelo Urayala, no tenían chorros; pero hacían tapas con piedras y basura de matas de guineos y formaban pozas que las chamarritas aprovechaban para vivir y nosotros los patojos para aprender a nadar. Muchos años antes, quizá en los inicios del siglo pasado, había un tanque municipal, como construcción colonial, que traía agua desde las entrañas del Tecuamburro y que se conducía por una alcantarilla hecha de ladrillos y que venía por todo el lindero poniente del pueblo, hasta desembocar en ese tanque donde los vecinos se surtían del agua. Todo eso desapareció porque donde antes sólo se veían ranchos de paja, con sus patios llenos de mangales, zapotales, chicos o caimitales, llegaron los arquitectos y construyeron casas modernas de dos pisos, seguramente porque esos sitios ya no eran propiedad de los xincas. Cuando la Municipalidad construyó en algunas esquinas unos chorros públicos para surtirse de agua, los vecinos siguieron teniéndole más confianza al agua nacida en las peñas de los chorros y las acarreadoras se volvieron mentirosas porque nos decían que habían ido hasta los chorros de Champote; pero, mañosamente los llenaban en los chorros públicos de las esquinas. Con el tiempo decidieron construir los drenajes y entonces desaparecieron los “interiores” que también se les conocía como “escusados“ y hubo así un adelanto porque aminoraron las lombrices y ya no llegaron los de sanidad a que todos los escueleros tomáramos aceite de lombrices. Desde que me obligaron a tomar ese apestoso aceite, me quedó un rechazo al agua gaseosa roja, porque sólo así soportaba tomar la “lombricera”. Todo eso ya se fue. Y como dice Luis Alfredo, sólo quedan los recuerdos. Buenos y no muy buenos, pero al fin al cabo, recuerdos.

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