Samuel Ochoa: “Al final todo se resume en Jesús y en la vivencia íntima de la fe”
2026-03-29 - 14:03
Samuel Ochoa es de esos personajes cuya vida no puede explicarse desde un solo oficio. Maestro por vocación, promotor incansable de la marimba, y cucurucho por convicción, su historia está profundamente ligada a la cultura guatemalteca. Desde niño descubrió en la marimba un lenguaje que lo acompañaría toda la vida, al mismo tiempo que la docencia se convirtió en su forma de servir y la Semana Santa en un espacio íntimo de reflexión y fe. En él, enseñar, promover la música y cargar un anda no son acciones aisladas, sino expresiones distintas de un mismo compromiso con su país y con su espiritualidad. Su trayectoria se ha construido con perseverancia silenciosa: más de veinticinco años dedicados a la educación, más de dos décadas promoviendo la marimba desde escenarios, festivales y espacios culturales, y cerca de treinta años como cucurucho. Para Samuel, la tradición solo tiene sentido cuando se vive con conciencia. Cargar no es un pasatiempo ni un ritual vacío, sino una experiencia que conecta con lo profundo, que transforma y que invita a vivir la fe desde lo cotidiano, sin estridencias, pero con convicción. ¿Cómo inició su vínculo personal con la marimba, qué recuerdos de infancia lo marcaron y cómo se fue construyendo su carrera hasta llegar a donde está hoy? —Yo suelo partir desde mi primera carrera, la docencia, porque como maestro estuve varios años vinculado al colegio San Sebastián, donde estudié y luego trabajé durante aproximadamente cinco años. Esa etapa me permitió vivir intensamente las celebraciones de Semana Santa desde el ámbito educativo, primero como estudiante y luego como maestro, además de estar en pleno Centro Histórico. Mi acercamiento a la marimba surge desde la promoción y conducción de conciertos. Aunque ejecuto el instrumento de forma básica, llevo más de veinte años dedicado a promoverla y conducir conciertos y ensambles en vivo. ¿A qué edad vivió su primera procesión, cómo comenzó a cargar como cucurucho y qué significado personal tiene para usted esta práctica? —En mi juventud incluso quise ser sacerdote y entrar al seminario mayor. El ser cucurucho llegó como una añadidura, ya que desde los ocho años fui acólito y estudié en un colegio franciscano. Aunque vengo de un hogar católico, no existía una tradición familiar fuerte de cargar. Mi madre y mi abuelo eran devotos, pero no cargadores activos. Comencé cargando en mi parroquia de barrio y en 1995, al estudiar en San Sebastián, me involucré de lleno con los cortejos del centro histórico. ¿Cuántos años tenía cuando cargó por primera vez una procesión y cómo se fue consolidando esa práctica a lo largo del tiempo? —Tenía trece años cuando cargué por primera vez una procesión, en 1994, en la parroquia de San José Obrero, en la zona siete, siendo todavía muy joven. Desde entonces no he dejado de cargar. Hay procesiones que se quedaron en mi corazón y que hoy suman casi treinta años de participación constante. Entre ellas están San José Obrero, la Santísima Trinidad en El Gallito, y grandes cortejos como La Merced, Santa Teresa y Santo Domingo. Además de la ciudad capital, ¿ha tenido la experiencia de cargar procesiones en Antigua Guatemala o participar en actividades similares? —Sí, cargué durante aproximadamente cuatro años en San Bartolo, en Antigua Guatemala, gracias a mi trabajo en el Colegio Europeo, cuyo propietario pertenecía a esa asociación. Ese turno se realizaba frente al Palacio de los Capitanes y fue una experiencia muy especial que guardo con mucho cariño. Además, he participado durante unos doce años en el Viacrucis del Hermano Pedro, que se realiza el Viernes de Dolores en la madrugada. Con una trayectoria tan diversa, ¿cómo se define usted hoy: como maestro, marimbista o cucurucho? —En el orden natural, maestro por vocación. El año pasado cumplí mis bodas de plata magisteriales, lo que confirma mi compromiso con la educación durante veinticinco años. Marimbista por pasión, porque soy un enamorado del instrumento y considero que como sociedad tenemos una deuda con la marimba y sus intérpretes. Y cucurucho por convicción, no solo por tradición o devoción, sino por el reto de vivir la Cuaresma y Semana Santa con verdadero sentido cristiano. Muchas personas consideran cargar como un pasatiempo, ¿cómo logra mantenerlo como parte esencial de su vida y de su fe personal? —Para mí es, ante todo, un acto de fe. Reconozco que a veces el sistema puede volverlo algo efímero, pero en esencia es un espacio profundo de conexión espiritual. Cargar es encontrarse con la representación de la pasión de Cristo, una imagen que encierra un valor espiritual inmenso y muy personal. No me limito a una sola imagen; crecí al amparo de muchas y al final todo se resume en Jesús y en la vivencia íntima de la fe. ¿Hay algún recuerdo especialmente fuerte o significativo que conserve después de tantos años cargando, algo que haya marcado profundamente su historia personal como cucurucho? —Sí, te lo voy a contar rapidísimo porque fue un milagrito simpático. En 1997 tuve un accidente con mi mamá, justo para el Domingo de Pascua, y estuve catorce horas inconsciente. Al año siguiente, en 1998, me regalaron el turno dos de la Merced para Viernes Santo de madrugada. Fui con túnica prestada y, en el camino, perdí el capirote. De forma inexplicable, lo volví a encontrar en medio de la multitud. Nunca supe cómo ocurrió, pero para mí fue un milagro de Viernes Santo que guardo hasta hoy. ¿De qué manera ha logrado transmitir esta tradición y esta vivencia espiritual a su hija, y cómo ha sido ese proceso generacional? —Ella todavía no carga las grandes, pero ya empezó desde muy pequeña. Lo he hecho de forma dosificada, porque tampoco se trata de imponerle nada. Inició como aspirante en la procesión de la Merced, luego pasó a las procesiones infantiles de Santa Teresa y las Beatas de Belén. Veo que le gusta y lo cuenta con orgullo. Espero que se convierta en una práctica de vida y, con el tiempo, en un legado. ¿Siente que esta vivencia constante de la Semana Santa le ha ayudado a fortalecer su fe y a sentirse más cercano a Dios? —Sin duda sí. La procesión tiene mensajes que a uno lo marcan profundamente, como me pasó recientemente con San Bartolo y el mensaje de Lázaro. Siempre he dicho que el cucurucho sin fe no es lo mismo, porque cargar puede acrecentar la espiritualidad personal. Las imágenes no son Dios, pero representan algo poderoso que nos llena y nos permite vivir momentos de plenitud espiritual. ¿Cuántos años lleva cargando procesiones y cómo ha ido evolucionando paralelamente su formación y carrera como docente? —Llevo treinta años cargando procesiones. Me gradué como maestro de primaria urbana en el año dos mil, promoción del milenio. He trabajado en el colegio San Sebastián, el colegio Europeo y el Instituto Normal Centroamérica, además de dieciséis años en el Ministerio de Educación. Tengo profesorado, licenciatura en pedagogía y una maestría en formación docente. Nunca he estado desligado de la docencia. Además de la docencia y la devoción, ¿cómo ha desarrollado su faceta como marimbista y conductor de eventos culturales? —La marimba llegó a mí desde casa, sobre todo por mi mamá, que amaba bailar con marimba. Ese gusto se fortaleció cuando llegué al centro histórico. En el MUSAC empecé asistiendo a conciertos didácticos y en mil novecientos noventa y ocho tomé un micrófono por primera vez para explicar tradiciones. Desde entonces he conducido conciertos, festivales, el desfile del quince de septiembre, programas de radio y televisión, siempre como transmisor cultural. Ha mencionado en varias ocasiones a su madre, ¿fue ella su principal inspiración y motor en la vida? —Definitivamente. Crecer solo con ella nos convirtió en madre e hijo, amigos, confidentes y compañeros de todo. Su mayor alegría fue ser abuela, y los años que convivió con mi hija la marcaron profundamente antes de su fallecimiento en 2021. Con sus luces y sombras fue una mujer muy especial. Mi sociabilidad, sin duda, viene de ella.