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Moisés, Franklin y la tierra de la libertad

2026-03-17 - 15:42

0:00 0:00 La Biblia nos relata que el pueblo judío estuvo cautivo en Egipto por más de 400 años. Eran esclavos, infelices habitantes a quienes les encargaban los más bajos menesteres, entre ellos la elaboración de ladrillos de barro (adobes) con lodo mezclado con paja. Pero llegó Moisés, con el encargo divino de liberarlos de ese miserable estado. Muchos más detalles se contienen en los libros de Éxodo y Números, pero que sean los líderes religiosos quienes los glosen, por mi parte, sustraigo y me limito a un aspecto puramente histórico. Me refiero a los 40 años que deambularon, errantes, por el agreste desierto del Sinaí. Al salir (escapando), de Egipto el pueblo hebreo atravesó el mar de manera portentosa y tomaron camino hacia el noroeste, hacia Canaán, la tierra que Dios le había prometido en herencia al patriarca Abraham. Actualmente es llamado Oriente Medio, Israel, Palestina, o como usted quiera. Es un trayecto de poco más de 300 kilómetros que las tribus pudieron transitar en un par de semanas, un mes a lo sumo, tomando en cuenta que caminaba toda la población, niños, mujeres y ancianos, acarreando sus haberes personales, incluyendo las piezas de oro con el que fabricaron el famoso becerro de oro. Entonces ¿por qué se tardaron 40 años? Vaya que estuvieron dando vueltas y vueltas alrededor de las agrestes montañas y áridas planicies. Y no es que estuvieran extraviados, todo lo contrario, tenían el mejor GPS posible: los guiaba una columna de nube durante el día y una columna de fuego durante la noche. En este largo deambular se descubren varios mensajes; en primer lugar, un castigo al pueblo servil y variable que desobedecía las leyes divinas. Valga de ejemplo la grave ofensa del citado ídolo y los reclamos que “estaríamos mejor en Egipto”. Pero hay algo más, hay un sentido histórico, psicológico y social muy interesante. Es que 40 años son una generación. Quienes salieron de Egipto (aquellos mismos que atravesaron las aguas del mar) llevaban mentalidad de esclavos; por eso clamaban por el retorno a la tierra de los faraones, aunque fueran nuevamente cautivos. Los adultos crecieron escuchando de sus padres las palabras de conformismo, de acomodo a un sistema que consideraban inevitable. Acaso castigo divino por la dura cerviz del pueblo elegido. En un sentido se puede decir que estaban “contaminados” y con mentalidad de túnel. No había suficiente oxígeno en sus atrofiadas mentes para que el concepto de libertad germinara en toda su anchura, con toda su luz. Por lo tanto, se hacía necesario un cambio generacional total, que una nueva crianza que no hubiere mordido el polvo de la servidumbre se desarrollara como pueblo amante de la libertad. Aquellos sumisos que traían “mentalidad de esclavo” deberían dejar sus huesos en el desierto para que brotara una generación libre, guerrera y con fe renovada. Esa transformación de esclavos en “hombres libres en su propia tierra” es una expresión con peso emocional enorme que se incluye en el actual himno de Israel, como la culminación, en 1948, de un proceso errante con más de 2,000 años de antigüedad. De regreso en Is, una vez cruzado el Jordán, los nuevos niños hebreos tenían que estar vacunados y nutridos por el concepto de libertad, algo que no es fácil. Ser libre exige una constante lucha, cotidiana, para controlar a los enemigos de esa libertad porque, ciertamente, tiene muchos enemigos. Cuesta más mantener el equilibrio de la libertad que soportar el peso de la tiranía. Esa renovación total la deben hacer todas las comunidades, especialmente aquellas cuyos individuos se han acostumbrado al caos, a la limitación de libertades. Aquellos consideran que la corrupción “es normal”. Que, derrotados afirman que “nada se puede hacer”. Que prefieren sacrificar fragmentos de su libertad a cambio del acomodo, de la seguridad, de que se mantenga el statu quo. Bien dijo B. Franklin: “Aquellos que renunciarían a la libertad esencial para comprar un poco de seguridad temporal no merecen ni libertad ni seguridad”. Pero la conversión de sumisos en hombres libres no es inmediata. Requiere todo un proceso, pero el recorrido, como los dirigidos por Moisés, debe arrancar en algún punto que implique un corte de tajo como la espada de Alejandro Magno. Si nos habrá de tomar 40 años empecemos lo más pronto posible. ¡Hoy, de ser posible! ¿Cuándo empezaremos en Guatemala a educar a los jóvenes con la idea de la libertad? ¿Cuándo iniciará el proceso de nutrir los corazones con las alegrías y responsabilidades de ciudadanos libres?

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