Melissa Calvo: "La vida me cambió en cuestión de un año y me lanzó al vacío"
2026-03-08 - 14:06
En su rostro no se refleja el dolor que ha vivido, sino una fe serena, un optimismo luminoso y una alegría por seguir viviendo al máximo. Melissa Calvo es como tantas mujeres que sostienen familias, empresas y comunidades: trabajadora, estudiosa, dedicada, emprendedora, madre y abuela cariñosa; una empresaria con profundo sentido de responsabilidad social y ambiental. En esta conversación, comparte la sustancia de una vida tocada por pérdidas durísimas y también por nuevas siembras. Su tono no es de lamento: es de propósito. El apellido Calvo no es tan común. ¿De dónde viene su familia? Mis antepasados eran originarios de España. Mi papá era el tercer heredero, después de que ellos vinieron en la época de la colonia. Entonces ya prácticamente nuestros vínculos eran básicamente de Guatemala. Un hermano se vino para Guatemala, otro se fue a Perú y otro se fue a un país de Sudamérica; se separaron. Nosotros fuimos cinco hijos; yo fui la única mujer. Mis hermanos, los tres mayores, uno ya falleció, dos son ingenieros y el más pequeño es abogado. Ahí va a seguir el apellido. ¿Y del lado de su esposo, Aldo Knoepffler? Él vino de Nicaragua en el año 79, antes de la revolución sandinista, a estudiar veterinaria. En Nicaragua tenía una gran finca de crianza de ganado; su papá era ganadero y exportaban vacas a Venezuela. Era una familia muy próspera, pero le intervinieron las fincas; a mi suegro casi lo matan. Se vinieron a Guatemala y luego a Miami. Aldo se quedó aquí. ¿Cómo se conocieron? Lo conocí por un vecino, pariente de ellos, que conocía a mi hermano Arturo. Aldo estudiaba veterinaria y mi hermano, Zootecnia; era la misma facultad. Era un hombre muy alegre, muy positivo; le gustaba cantar y bailar. Yo soy más seria y como intelectual; él me sacaba de mi zona de confort. Cada día con él era una aventura. Todo el mundo que lo conocía lo quería mucho. Fueron novios tres años y se casaron en Capuchinas, con el país convulso. ¿Cómo recuerda esa boda? Nos casamos en la iglesia de Capuchinas, zona 1. Tres días antes fue el golpe de Estado de Ríos Montt y había toque de queda. Aldo me dijo: ‘¿Qué hacemos?’. Le dije: ‘Nos casamos porque nos casamos’. La fiesta terminaba a las 11 por el toque de queda, pero estuvo alegrísima. Fue ‘full house’ y re feliz. Usted se formó en Química Biológica. ¿Cuándo apareció la emprendedora? La vida me cambió en cuestión de un año y me lanzó al vacío. Tenía 27 años cuando empecé la empresa; no sabía ni qué hacer. Aprendí a quitarme el miedo: ir al Seguro Social, a los hospitales, tocar puertas. Como eran buenas marcas, se facilitó. En 1991 me independicé, formé mi negocio y en cuestión de 10 años llegué a tener una distribuidora de productos médicos muy grande. Empecé con laboratorio y pasé a jeringas, guantes, tubos endotraqueales, gasas. Había gran demanda por la bioseguridad con el cólera y el VIH/SIDA. También fueron pioneros en la gestión de desechos hospitalarios. En 1999 dijimos: no todos debemos estar colgados del mismo palo. Vimos en México una empresa de manejo de desecho hospitalario y escribimos el proyecto. Fuimos los primeros en Guatemala. Lo llamamos recolección, transporte, tratamiento y disposición final de desecho sólido de hospitales. No había Ministerio de Ambiente; estaba CONAMA, y en 2000 nos dieron dictamen favorable. Nació la planta que hoy todos conocen como Biotrash. Al principio la gente no entendía por qué separar agujas en botes rojos, pero abrimos camino. ¿Cómo afectaron las fusiones farmacéuticas y los cambios de compras públicas? Desde 2008 se fusionaron marcas y nos empezaron a quitar líneas. Decían que ‘abrirían el mercado’, pero lo partieron. Mi socio en Miami se enfermó en 2012. También cambiaron las reglas con Guatecompras. Hicimos una gremial en Cámara de Industria con cerca de 50 distribuidores médicos: 49 hombres y yo mujer. Trabajamos para que los contratos abiertos fueran incluyentes y con especificaciones justas, sin dedicatorias. Vino entonces la tragedia del accidente de Aldo Un picop perdió el control bajando por Villa Nueva. Estiman que venía a 90 km/h. Aldo iba en un Mercedes viejo. Lo que encontró fue la puerta izquierda donde iba mi esposo. Yo llegué pocos minutos después con una de mis hijas. Le limpié la cara; me dijo: ‘Me duele el pecho, me duele el pecho’. En el hospital, antes de entrar a operaciones, la última que le habló fue mi hija: ‘Papá, te amamos’. Él respondió: ‘Mi hija, yo te amo; me duele mucho el pecho’. Nunca más despertó. Pasó seis años en coma. Y, a los tres meses del accidente, la enfermedad de su hija El 27 de septiembre me informan que mi hija tenía leucemia. Empezamos con quimioterapias, médula ósea, aislamientos, transfusiones. En enero entró en remisión, pero el doctor decidió una última quimioterapia más fuerte. Le dio una infección y en 24 horas se fue. El 2 de febrero de 2017 yo tenía a mi esposo en coma y a mi hija muerta. Y, sin embargo, aquí estoy. ¿Cómo atravesó esos años? ¿Hubo algo que quisiera decirle a Aldo y a su hija? A Aldo le hablábamos y yo le decía que estábamos bien, que él podía descansar, que liberara su alma y se fuera en paz. Lo llevamos al entierro; yo espero que nos haya escuchado. Intenté que volviera a tragar; nunca pudo comer. Respiró por su cuenta; hicimos terapias de todo tipo. Su pronóstico eran dos años y aguantó seis. Falleció el 22 de septiembre de 2022. Uno decide estar feliz o estar triste. Yo prefiero recordar con cariño. No me amargo por el muchacho que lo chocó; ojalá él entienda y enmiende. Pero yo no me puedo amargar por él. Usted habla mucho de “soltar”. ¿De ahí viene su fortaleza? No sé si es fuerza o habilidad para flexibilizarme ante las crisis. Me paralizo, observo, pienso mis posibilidades; no me ataco. Tuve asesoría psicológica por muchos años. Ha sido resiliencia: enfocarme en lo que tengo y no en lo que perdí. Saber soltar tal vez es una clave. Si hoy me quitan un negocio, lo dejo ir. Siempre lo suelto. Tengo una fe muy grande y siempre pienso positivo: todo se va a resolver. En el marco del Día Internacional de la Mujer, ¿qué le diría a tantas mujeres que “dan la batalla” cada día? No me doy por vencida. He tenido que superar la pérdida de mi esposo, de mi hija y de una empresa próspera. Volver a empezar. Tengo chispa y habilidad de negocios; soy ingeniosa para poner alternativas sobre la mesa. Y siempre me ven sonriente. La fortaleza tiene que ver con aprender a soltar y entender qué está en sus manos y qué no. Una decide: vivir amargada o vivir con propósito. ¿Cómo está hoy Biotrash y su labor comunitaria? Hacemos una labor ambiental muy importante. Vamos a 260 municipios; hacemos más de 150 mil recolecciones al año; recolectamos unas 10 mil toneladas de desechos peligrosos que ya no van a los basureros. Generamos cadenas de valor con vidrieras, cartoneras y plásticos. Y hacemos donaciones desde el reciclaje para áreas rurales. Este servicio es tan necesario que yo sueño con cinco plantas como la que tenemos ahora en Escuintla. Hay mucho por hacer. ¿Y a usted qué la ilusiona ahora? Viajar y la naturaleza. Fui a Argentina: a las cataratas de Iguazú y el glaciar Perito Moreno. Los sábados cocino con mi nieto; él elige: hemos hecho ‘dumplings’. Me sorprenden las cosas simples. Eso me sostiene.