Las aventuras del cadejo
2026-03-19 - 13:53
0:00 0:00 El pensamiento mágico no tiene fronteras, máxime en un pueblo como el nuestro, donde se cuentan leyendas que la gente asegura haber visto a sus personajes, pero que eso también es imaginación. Que la Llorona, que la Siguanaba, que el sisimite, que el cadejo y tantos otros que solo eran del conocimiento de mi primo Celso Lara; pero, como él ya se fue a lugares más pacíficos, ya no podemos preguntarle, de manera que no queda más remedio que creer lo que cuenta la gente de los pueblos. Y es que ese pensamiento mágico viene de siglos, como eso que sabemos por el Popol Vuh, de inseminar a una mujer por medio de una cerbatana, en sentido figurado, creo yo. Pero, aparte de ese precioso origen de nuestros antepasados, tal vez existen otros seres que nadie ha visto “personalmente en persona”; pero que se intuye su presencia y producen escalofríos y se despeluca cualquier pelo o vello que cubra el dichoso cuerpo. Uno de esos seres al que quiero referirme es al cadejo. Unos dicen que tiene forma de oso; otros que es un perrito negro, lanudo, que tiene los pies al revés y que gusta lamerle los labios a los bolos que se quedan tirados en cualquier banqueta, como un bien mostrenco. Hasta se ha llegado a decir que es un ser enigmático que le gusta hacerle trenzas a las crines de los caballos. Pero, la mera verdad es que no se sabe qué versión es la cierta. Miguel Ángel Asturias en su preciosa obra Leyendas de Guatemala, dice que tiene cara de murciélago, patas de cabro y orejas de conejo. Pero según la tradición o leyenda más conocida es la que dice que es como un perro de cara puntiaguda. Según los antiguos hay dos tipos de cadejo, uno blanco que cuida a los bolos y los lleva a su casa a dormir la mona; y otro negro que tiene ojos encendidos, como los del diablo, y es el que se lleva a los bolos a las profundidades del infierno. Vaya usted a saber si esta doble versión es cierta, porque así como todo valor tiene su antivalor, frente a lo bueno tiene que existir lo malo para que haya contradicción. Y junto a estas leyendas populares existen otras, como la del jinete sin cabeza montando un caballo blanco, la del cuero que se arrastra por las calles de Chiquimulilla o la del carruaje que recorre las calles empedradas, sin una mula que la jale y sin un señor sentado en el pescante o la leyenda que contaba Celso del carruaje que caminado por la ciudad, lo abordó una señora vestida de riguroso negro y al dejarla en la puerta del cementerio, le dijo que cobrara el viaje en su casa del Cerrito del Carmen y le dio una gargantilla de oro en señal de pago, por si los parientes no respondían con cancelar el servicio y susto se llevó el cochero cuando se presentó a cobrar y le informaron que esa señora ya era difunta. Cuando en mi pueblo no había luz eléctrica los vecinos trababan manojos de ocote en las paredes y los encendían para medio alumbrar las calles; pero uno, de patojo miedoso, mejor se metía a la cama desde la ora de la Oración y por curiosidad tratábamos de no dormir, esperando oír el grito destemplado de la Llorona; pero, yo nunca la oí, a pesar del tétrico silencio de las noches sin luz.