Guatemala: un pueblo en depresión
2026-03-20 - 17:02
0:00 0:00 Aproximadamente uno de cada diez niños padece dolor abdominal; sin embargo, solo a uno de ellos se le encuentra una causa orgánica. Sorprendentemente, en los adultos las cifras son similares. La ciencia médica denomina a esta situación Trastornos de la Interacción Intestino-Cerebro (TIIC). Aunque los estresores cambian con la edad, en ambos grupos la mayoría de los casos son síntomas leves o transitorios que no requieren atención médica, dado que en alrededor del 95% no existe una lesión estructural visible, como una úlcera o un tumor. Hay algo crucial en estos casos: el dolor abdominal funcional no ocurre en un vacío biológico, sino dentro de un ecosistema familiar, escolar o laboral. Allí, los antecedentes y el estado emocional de los convivientes juegan un papel determinante. Esto nos lleva a una duda inevitable: si el distrés físico tiene sus alarmas que nos ponen en atención tan eficientemente, ¿por qué ante las injusticias políticas y sociales de nuestro país no vemos una respuesta colectiva similar? La respuesta a ello es la habituación. Cuando una injusticia se vuelve crónica y estructural, el sistema nervioso humano aplica este mecanismo de defensa. Es evidente que el distrés desadaptativo —el que enferma al individuo— y la respuesta de supervivencia colectiva —la que permite a las poblaciones resistir— no siempre van de la mano. Políticos y profesionales deberían tener claro que, para sobrevivir en entornos de alta hostilidad e injusticia como el nuestro, el cuerpo eleva su umbral de tolerancia al estrés. Lo que para alguien acomodado y con privilegios sería un evento traumático, para quien vive en la desigualdad se convierte en paisaje cotidiano. Pero esta adaptación no es gratuita. Aunque la gente no colapse inmediatamente, se produce un desgaste sistémico conocido como carga alostática. La población quizá no muestre malestares sociales agudos, pero más adelante presenta tasas más altas de hipertensión, diabetes, envejecimiento prematuro, violencia y mala salud mental. Esa población del 10% afectada de dolores, más adelante en su vida por encima del 80% padecerá de trastornos biopsicosociales. La función del dolor es alertar contra peligros. En lo social no existe una advertencia comparable. Cuando un grupo intenta cambiar su realidad y fracasa repetidamente, el cerebro colectivo entra en indefensión aprendida. Ante lo dañino, se inhiben los mensajes para actuar, porque se ha aprendido que el esfuerzo no produce resultados. La indignación se convierte en apatía. No es que la gente no sienta la injusticia; es que su sistema neuroquímico se ha desconectado para ahorrar energía en un entorno que percibe como inmodificable. Esto es lo que ha sufrido el pueblo guatemalteco a través de sus experiencias transgeneracionales: trastorno de sus sistemas neuroendocrinos que le condicionan a responder pasivamente buscando ahorro energético. Las comunidades han encontrado que les sale más barato sobrevivir en la precariedad que arriesgar la vida en una lucha de desenlace incierto. Los psicólogos probablemente llamarían a esto Depresión Pasiva. La enseñanza es clara. Si no queremos caer de nuevo en una confrontación interna, primero debemos entender que no se puede anular un distrés generacional de golpe sin consecuencias graves. Segundo, se requiere alcanzar objetivos pequeños, locales y tangibles. Esa estrategia de pasos firmes es lo que debería priorizarse, más allá de quién ocupe el gobierno, para sanar la herida colectiva.