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Guatemala exporta sangre para importar supervivencia

2026-03-02 - 15:56

0:00 0:00 Si juntamos las estadísticas de migración de nuestra patria con las económicas, lo que obtenemos es un cuadro para indignar a cualquiera. No es secreto para nadie: la gran mayoría de guatemaltecos que se van a los “United” lo hacen por las malas, sin papeles y jugándose el cuero. Pero esos mismos, junto a los que ya están allá, mandaron el año pasado la friolera de 20 mil millones de dólares. Eso es casi el 20% de nuestro PIB. Mirémoslo de otra forma: de cada cinco quetzales que se mueven en la calle, uno viene del sudor del migrante. Es impactante, y a la vez triste, ver que el consumo de este país depende casi a ciegas de esos envíos. Seamos claros y digámoslo sin hipocresía: si esa gente no fuera tan solidaria con los que nos quedamos aquí, estaríamos comiendo m... y no nos quedaría más que aceptarlo: somos unos verdaderos parásitos de su esfuerzo. Y aquí viene la paradoja que más roncha saca: las familias más pobres son las que sostienen el consumo del país con sus remesas, pero el Estado no invierte ni un centavo partido por la mitad en ellas. Para convencerse solo hay que ver los números: mientras el migrante inyecta ese 20% a la economía, el Gobierno apenas invierte el 2.9% en Salud Pública (cuando la OMS dice que debería ser el 6%) y el 75% se va en gastos de funcionamiento (nómina y operación). Por eso nuestros hospitales siempre están colapsados. En Educación, la inversión ronda el 3%, pero casi todo se va en sueldos y pactos colectivos, nada para tecnología o escuelas de verdad en el área rural. Y si hablamos de Protección Social (el Mides y compañía), la inversión no llega ni al 1%. Si sumamos todo lo que el Estado gasta en desarrollo, no llegamos ni a la mitad de lo que mandan los compatriotas. ¡Qué cabronada! Pero con nuestra indiferencia somos cómplices. El migrante hace el trabajo del Estado y el resto solo estiramos la mano. Esta situación nos ha pasado una factura social carísima en tres puntos: «Adormecimiento social»: La remesa es la anestesia que nos echó a dormir el incentivo de protestar. Si mi hijo se enferma, no peleo por un hospital digno; uso los dólares que mandó mi hermano para ir a una clínica privada. Así, la corrupción sigue campante porque nadie “patea la mesa política ni privada”, ya que el flujo de billetes mantiene una paz social llena de falsedad. Perdemos nuestra mejor energía: Estamos exportando a la gente más trabajadora y valiente. Vayan a las aldeas y verán pueblos fantasma más llenos de ancianos y niños que de jóvenes. Hijos que crecen sin padres, deslumbrados por el consumo y sin una guía familiar, quedando a merced de las pandillas o con la única idea de irse también. En tal sentido y como punto tres, Nos volvimos «huevones» y dependientes: Entra tanto dólar, que entre otras cosas a todo le sube de precio (la tierra, las casas) no producimos nuevas fuentes de trabajo. Mucha gente dejó de cultivar o de emprender porque es más fácil sentarse a esperar el depósito. Nos volvimos una sociedad que solo sabe gastar y se olvidó de crear. En tal situación, es evidente que, si mañana los gringos cierran la frontera o deportan a todos, aquí no hay «Plan B». La pobrería sería una masa unida en un solo grito: ¡sálvese quien pueda! El ciclo es trágico: el migrante se rompe la espalda afuera para que este sistema que lo echó a patadas pueda seguir funcionando sin cambiar ni un pelo. Es una realidad llena de angustia y dolor.

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