El modelo Arévalo vs el modelo Milei: hipotecar hoy o construir el mañana
2026-03-30 - 15:03
Argentina y Guatemala crecen hoy a ritmos similares. Ambos países se mueven alrededor del 4%, una cifra que, en apariencia, sugiere estabilidad. Pero esa coincidencia es engañosa. El crecimiento, por sí solo, no dice nada sobre la calidad de una economía ni sobre su futuro. Lo importante no es cuánto se crece, sino de dónde viene ese crecimiento y hacia dónde lo conduce. En el caso de Guatemala, la respuesta es clara: consumo. Durante años, el país ha sostenido su expansión en el gasto de los hogares, impulsado por remesas que superan los US$25 mil millones anuales. No es un fenómeno reciente ni atribuible exclusivamente a este gobierno. Es nuestro modelo país: consumir hoy lo que llega del exterior, sin convertir ese ingreso en oportunidades productivas dentro de Guatemala. Es ingreso que sostiene el presente, pero que no se transforma en capacidad de producir más mañana. Los datos son contundentes. El consumo de los hogares representa más de cinco veces la inversión o las exportaciones dentro del PIB. Mientras tanto, el peso de las exportaciones dentro de la economía ha venido cayendo de forma sostenida en las últimas décadas, pasando de representar cerca del 27% del PIB a apenas un 17%. Guatemala depende cada vez menos de lo que produce y vende al mundo, y cada vez más de lo que consume internamente. Esto no es un detalle menor. Es un límite estructural. Una economía basada en consumo puede crecer en el corto plazo, pero no construye las bases de riqueza futura. Guatemala no enfrenta un problema de crecimiento. Enfrenta un problema de modelo. El gobierno de Arévalo no solo no corrige este modelo: lo profundiza, aumentando el gasto sin traducirlo en capacidad productiva. Entre 2020 y 2026, el presupuesto público pasó de Q87.7 mil millones a Q163.5 mil millones. Un incremento cercano al 90% en apenas seis años. Sin embargo, ese aumento no se refleja en una expansión proporcional de infraestructura, ni en energía, ni en sectores que aumenten la capacidad productiva del país. El gasto crece, pero la economía no se transforma. El dinero circula, pero no construye. Mientras tanto, Argentina -con todas sus dificultades- está intentando algo distinto: hacer rentable producir. Durante años, sectores como el agro en Argentina operaron bajo una estructura que castigaba la producción: impuestos a las exportaciones, distorsiones cambiarias, costos elevados y una alta incertidumbre sobre las reglas del juego. El resultado era predecible: menor inversión, menor escala y capacidad de crecimiento. Las medidas recientes del presidente Milei han buscado revertir esa lógica. La reducción de derechos de exportación, la mejora de los precios relativos a través de la corrección cambiaria y la simplificación de costos asociados a la producción han cambiado la ecuación económica del productor. No se trata de subsidios, sino de eliminar penalizaciones. Y los resultados se reflejan con claridad. Sectores como el agro crecieron más de 6% en 2025, mientras la inversión aumentó más de 16% y las exportaciones cerca de 7.6%. No es un crecimiento uniforme. Es un crecimiento dirigido. A esto se suma una apuesta estratégica: convertir la energía en motor exportador. Con las inversiones en la reserva de hidrocarburos de Vaca Muerta y nueva infraestructura, Argentina busca generar hasta US$20 mil millones anuales en exportaciones energéticas en los próximos años. No es coyuntura. Es planificación productiva. La diferencia de fondo es simple. Algunos sectores venden al mercado local. Otros venden al mundo. Estos últimos -la agricultura, la minería, la energía, la manufactura exportable- son los que traen dinero nuevo, generan divisas y permiten crecer más allá del consumo interno. Un país que produce para el mundo amplía sus posibilidades de crecimiento. Uno que depende de su propio consumo termina encontrando sus límites mucho más rápido. Argentina está reorganizando su economía hacia esos sectores de futuro. Guatemala, en cambio, los está cerrando o dejando en el olvido. Esa diferencia se vuelve evidente en el campo. En Guatemala, el agro sigue siendo uno de los principales empleadores. Pero su estructura es incapaz de escalar y generar crecimiento amplio. Los grandes exportadores logran sostenerse. El pequeño productor no crece. Enfrenta insumos caros, crédito limitado y baja rentabilidad. Ese es el productor al que el gobierno de Arévalo dice proteger, pero que en la práctica le niega la posibilidad de crecer. No porque no trabaje, no porque no quiera invertir, sino porque el sistema no le permite que producir sea rentable. Y cuando producir no es rentable, el esfuerzo diario deja de ser una vía de progreso y se convierte en una forma de sobrevivir y no de progresar. Porque un país no se empobrece cuando deja de consumir. Se empobrece cuando deja de producir. En Argentina, la lógica es otra. Cuando se reducen impuestos y costos, el impacto es mayor en quien tiene menos margen. El pequeño productor no necesita subsidios. Necesita que producir sea rentable. Y ahí está el punto político que el discurso oficial guatemalteco evita: no hay política social más poderosa que hacer rentable producir. Y no hay exclusión más profunda que impedirlo sin decirlo. A esto se suma un elemento clave: la creación de un marco de estabilidad para inversiones de gran escala, particularmente en sectores estratégicos. El régimen de incentivos a la inversión establece condiciones claras para proyectos de largo plazo en energía, minería, industria y tecnología, reduciendo uno de los mayores riesgos en América Latina: la incertidumbre. Ahí está una de las diferencias más profundas entre ambos modelos. Argentina está reorientando su economía hacia estos sectores. La expansión del agro, el impulso a la minería y, sobre todo, la apuesta por convertir la energía en una fuente masiva de exportaciones, reflejan una decisión estratégica: generar ingresos desde afuera, no depender únicamente del mercado interno. Guatemala, en cambio, muestra la tendencia opuesta. Los sectores capaces de competir internacionalmente han perdido peso relativo dentro de la economía, mientras el crecimiento se concentra en actividades que dependen del consumo local. El resultado es predecible. Un país que produce para el mundo amplía sus posibilidades. Un país que depende de su consumo encuentra rápidamente sus límites. Los resultados ya nos lo advierten. Sectores vinculados a la generación de divisas —agricultura, minería, energía— muestran un dinamismo superior al promedio, mientras la inversión comienza a recuperar terreno. En Argentina, la agricultura creció el último trimestre de 2025 16%, en Guatemala tan solo 2.1% y luego de varios años de contracción. En Argentina la minería creció 8.1% en el mismo período, en Guatemala se contrajo 4.8%. El sector energético en Guatemala se contrajo 1.3% mientras en Argentina creció 4.7%. Pero quizás lo más importante no es el dato coyuntural, sino la dirección. Argentina está intentando reorganizar su economía para producir más, exportar más y generar ingresos propios en el futuro. No es solo crecer. Es cambiar la lógica del crecimiento. Pero el problema se agrava cuando entra el Estado. El aumento del gasto público en Guatemala no ha estado acompañado por una transformación productiva. Y al mismo tiempo, el servicio de la deuda ocupa cada vez más espacio dentro del presupuesto, compitiendo con inversión real en infraestructura o en capacidades productivas. Cuando el Estado destina una proporción creciente de sus recursos a pagar deuda, reduce su capacidad de actuar hacia el futuro. Ya lo advertía el economista escocés Adam Ferguson en el siglo XVIII en su Essay on the History of Civil Society (1767). Cada quetzal destinado al servicio de la deuda es un quetzal que no se invierte en infraestructura, seguridad o productividad. Eso no es solo gasto. Es hipotecar el futuro. Y cuando un país crece consumiendo, mientras su Estado gasta más sin construir capacidad productiva, está hipotecando lo que viene. Ramiro Bolaños, PhD. / Presidente del Centro de Pensamiento y Acción Factoría Libertatis Referencias Banco de Guatemala, Remesas Familiares Anuales, 2020–2025. Banco de Guatemala, Cuentas Nacionales Trimestrales, varios años. Ministerio de Finanzas Públicas, Presupuestos Generales del Estado 2020–2026. Ministerio de Economía, Informe Económico Semanal, 2024–2026. Instituto Nacional de Estadística y Censos de Argentina (INDEC), Cuentas Nacionales, 2025–2026. Banco Central de la República Argentina, Informe de Política Monetaria, 2025. U.S. Energy Information Administration (EIA), Short-Term Energy Outlook, 2026. Adam Ferguson, An Essay on the History of Civil Society (1767).