El invierno del imperio
2026-03-24 - 15:02
En 1988 finalizaba mis estudios de Derecho en la Universidad de Navarra. Era el último año de carrera y la Facultad nos había ofrecido una clase optativa sobre el proceso de reformas iniciadas por Mijaíl Gorbachov en la Unión Soviética. Me inscribí y asistí lleno de curiosidad. En Pamplona mi mayor problema geopolítico no era la Guerra Fría, sino aprobar Derecho Administrativo. La asignatura se resistía con la obstinación de un régimen burocrático. Poco antes de Semana Santa habíamos jugado una modesta lotería y, ya de vacaciones en casa, recibí una llamada de mi amiga Begoña: “Te tengo una sorpresa”. Pensé, ingenuo, que por fin había aprobado. “No, no”, respondió entre risas. “Has vuelto a suspender, pero es mejor: nos ha tocado la lotería”. No fue mucho, pero haciendo cuentas descubrí que esas pesetas posibilitaban un viaje de ocho días a la URSS. Así que, mientras nuestros compañeros se trasladaron a Túnez para celebrar el fin de carrera, un reducido grupo decidimos ir a un destino mucho más lejano. Algunos trayectos se hacen en el espacio y otros, sin saberlo, en el tiempo. El mío fue ambas cosas a la vez. A un país remoto; y también a un sistema que empezaba a resquebrajarse sin que casi nadie lo advirtiera. Praga: antesala gris del Este europeo La primera escala nos llevó a la capital de Checoslovaquia. En años posteriores regresé con frecuencia y se reveló otra realidad: romántica, literaria, casi teatral, con el Puente de Carlos sobre el Moldava como un decorado barroco y castillos como diseñados por novelistas. Además, en aquellos últimos días de marzo lo que dominaba era el intenso frío centroeuropeo que luego nos acompañaría a Moscú y Leningrado. Mas ni el clima desapacible ni la pátina de tristeza que dejaban los últimos años de comunismo ocultaban la obstinada belleza de Praga. Su elegancia y melancolía eran profundamente seductoras. Compartimos itinerario –meticulosamente organizado como todos los de la URSS– con una pequeña delegación de la Embajada de Venezuela en Madrid. Caribeños orgullosos que sufrían el invierno soviético con dignidad diplomática y visible desesperación térmica. Moscú: coreografía de grandeza En Moscú pasamos cuatro días entre inmensas avenidas, edificios de severa monumentalidad y una atmósfera que mezclaba solemnidad ideológica y cansancio histórico. Las palabras perestroika y glasnost, circulaban como promesas imprecisas. Nos alojaron en el hotel Cosmos. Mastodóntico, descomunal, funcional e impersonal. Desde sus ventanas se adivinaba la escala ciclópea de esta capital pensada para impresionar. El cauce del Moscova avanzaba disciplinado y sin alardes, como lo hacía el país, todavía en pie, pero ya sin demasiada prisa por llegar a ninguna parte. Pisar la Plaza Roja fue como caminar por un escenario donde se había representado buena parte del siglo XX. A un lado, las murallas severas del Kremlin; al otro, las cúpulas casi irreales de la catedral de San Basilio. Otro descubrimiento memorable: el Metro. Auténtica galería subterránea de propaganda. Estaciones como Komsomólskaya o Mayakovskaya aparentaban palacios: lámparas de araña, mármoles, mosaicos heroicos y relieves dedicados a obreros, soldados y campesinos avanzando hacia un futuro luminoso. Solemnes como salones de baile imperiales en el subsuelo. Incluso el desplazamiento cotidiano debía manifestar la grandeza del Estado. Uno de los museos que nos mostraron: el de la Batalla de Borodinó, que conmemora la decisiva batalla de 1812 contra las tropas napoleónicas. Era el gran precedente de otra epopeya nacional mucho más cercana: la llamada Gran Guerra Patria. Comprendí hasta qué punto la historia militar forma parte de la identidad rusa. Recuerdo el tren nocturno hacia Leningrado. Compartimentos sobrios, traqueteo constante de los vagones y té ruso servido en vasos de cristal dentro de portavasos metálicos, calentado por el inevitable samovar. Una escena sencilla de austera elegancia que condensaba el espíritu ruso: mezcla de disciplina, melancolía y hospitalidad silenciosa. Leningrado: encanto bajo cero La metrópoli —hoy de nuevo San Petersburgo— nos recibió con un frío casi mineral. De una hermosura y atractivo abrumadores, parecía una capital imperial detenida en el tiempo. Cuando anduve hacia el Báltico descubrí que el mar estaba helado. Se extendía como una plancha blanca y silenciosa hasta el horizonte. Como si el tiempo hubiese quedado congelado. La ciudad presentaba una elegancia distinta. Más europea, más literaria, más melancólica. Había en sus fachadas una belleza algo fatigada, como si los edificios recordaran discretamente épocas más fastuosas. La Catedral de San Pedro y San Pablo, dentro de la fortaleza del mismo nombre, desafiaba con su aguja gris el cielo plomizo. Allí reposan muchos de los zares. En aquel interior silencioso, entre tumbas y mármoles, la historia semejaba extenderse con naturalidad avasalladora. Pasear por la avenida del Nevsky Prospect fue como recorrer una inacabable novela rusa. Tiendas algo desabastecidas, escaparates discretos y, sobre todo, una gran diversidad de gentes. Soldados, ancianas envueltas en grandes abrigos, funcionarios y jóvenes pertenecientes a una generación que empezaba a intuir que el mundo podía cambiar. Y el conjunto que resumía la grandeza estética de la urbe: el Palacio de Invierno y el Museo del Hermitage, a orillas del río Nevá. Salones interminables, escalinatas, galerías, pinturas, antigüedades... La paradoja de uno de los mayores tesoros artísticos de Europa custodiado durante décadas por un régimen que, en teoría, desconfiaba del lujo que lo había creado. Y lo más inolvidable: sus puentes y canales. Estos últimos atraviesan el panorama como venas tranquilas y los puentes surgen con esa atmósfera ligeramente romántica que el invierno acentúa. Como hecho para el paseo lento y la contemplación, incluso cuando el termómetro aconsejaba lo contrario. Con los años he pensado muchas veces en aquel recorrido porque, sin saberlo, caminábamos por un mundo a punto de desaparecer. Tres años después, la URSS se disolvería como hielo en primavera. Un periplo –pagado con unas cuantas pesetas improbables y una asignatura pendiente– que fue, en el fondo, una breve visita a la cronología soviética. Pocas veces un billete de lotería compró una aventura tan incierta: un viaje al final de un imperio.