EE. UU. exige la salida de Díaz‑Canel para avanzar en negociaciones con Cuba
2026-03-17 - 17:23
Washington ha dejado claro ante La Habana que no habrá avances sin un cambio en la cúspide del poder cubano. La exigencia —descartar a Miguel Díaz-Canel— se vuelve el eje de unas negociaciones discretas pero decisivas. Mientras la isla atraviesa su peor crisis energética en décadas, EE.UU. busca una apertura económica alineada con sus intereses estratégicos. Es noticia. La administración Trump ha comunicado a sus interlocutores en Cuba que cualquier acuerdo futuro requiere la salida de Miguel Díaz-Canel de la presidencia. Aunque el mensaje no se ha formulado como ultimátum, sí se presenta como condición indispensable para dar continuidad al diálogo bilateral. Washington plantea que Díaz-Canel debe abandonar el cargo, pero deja en manos del régimen cómo ejecutar la transición. El objetivo: facilitar acuerdos económicos y una reconfiguración del liderazgo sin desmontar de inmediato el sistema comunista. Trump considera que apartar al actual presidente permitiría destrabar reformas estructurales que este no apoyaría. El movimiento daría también un triunfo simbólico a la Casa Blanca frente a un gobierno históricamente adversario. La Habana reconoce la necesidad de un relevo interno, pero intenta evitar que el cambio luzca como una concesión a presiones estadounidenses. La presidencia coincide con un colapso energético que ha dejado a Cuba sin petróleo por meses y con apagones nacionales. Entre líneas. El mensaje de Washington se produce en medio de negociaciones aún incipientes pero marcadas por una estrategia estadounidense de presión máxima. En esta fase, la Casa Blanca se enfoca en obtener una combinación de reformas económicas, señales políticas simbólicas y un reajuste interno del poder. EE.UU. no exige acciones contra la familia Castro, que mantiene el control real del aparato político y militar. El enfoque se dirige a modificar la fachada presidencial sin alterar de inmediato la estructura que sostiene al régimen. La administración Trump busca que el gobierno cubano abra su economía a inversión privada —incluyendo empresas estadounidenses— y avance en la liberación de presos políticos, un reclamo histórico en la política exterior hacia la isla. La escasez de combustible agravada por sanciones estadounidenses coloca al régimen en una posición vulnerable. El colapso eléctrico y la crisis humanitaria han acelerado la necesidad de La Habana de mantener un canal de negociación. Datos clave. Las conversaciones incluyen tanto actores visibles como figuras de poder interno que operan fuera de los reflectores. La negociación no se limita al presidente cubano, sino a los operadores reales del régimen. Raúl Guillermo Rodríguez Castro (“Raulito”), nieto del exmandatario Raúl Castro, funge como interlocutor central en las conversaciones y mantendría influencia tras la salida de Díaz-Canel. Representa el poder detrás del trono, articulado con GAESA y el aparato militar-económico. Analistas coinciden en que la caída de Díaz-Canel sería más simbólica que transformadora, pues su figura carece de control real sobre la toma de decisiones. Fue escogido por su perfil conservador, su falta de iniciativa reformista y su utilidad como figura sacrificable. En paralelo, el régimen da visibilidad a nuevos cuadros —como el vice primer ministro Oscar Pérez-Oliva Fraga— mientras explora candidatos que mantengan la continuidad castrista sin llevar el apellido emblemático. Lo que sigue. La eventual salida de Díaz-Canel podría inaugurar una etapa de reajuste estratégico en la relación bilateral, sin que ello implique una transición democrática. Washington apuesta por una apertura económica controlada y un triunfo político que refuerce su discurso hacia la región. Para EE.UU., el precedente está en Venezuela: remover al presidente sin desmantelar el régimen. La captura de Nicolás Maduro permitió cortar el flujo petrolero hacia Cuba y reforzó la presión sobre La Habana. Sectores del exilio cubano consideran insuficiente un simple cambio de figura y exigen acciones que desarticulen el control militar y económico de GAESA, lo que podría tensar la relación entre la Casa Blanca y sus bases en Florida. El futuro inmediato depende de cómo Cuba logre proyectar una transición que no parezca dictada por Washington. En cualquier caso, el deterioro interno y la presión externa aceleran el calendario político de la isla.