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Donald Trump y la paz que trae la guerra

2026-03-08 - 14:06

Donald Trump llegó a la presidencia prometiendo convertirse en un presidente de paz. Su mensaje de campaña se construyó alrededor de dos ideas relacionadas: evitar nuevos conflictos y resolver aquellos que ya habían arrastrado a EE. UU. a compromisos costosos y prolongados. La expresión “paz a través de la fuerza” se convirtió en el principio organizador de esa promesa. Si EE. UU. demostraba desde el inicio una disposición clara a actuar con rapidez y contundencia, los posibles adversarios concluirían que escalar un conflicto no valdría la pena. Empero, los acontecimientos recientes han complicado ese planteamiento. Durante el último año, Washington ha intervenido directa o indirectamente en varios escenarios: la caída de Nicolás Maduro en Venezuela, la presión militar contra estructuras del narcotráfico en México, operaciones de seguridad conjuntas con Ecuador y, sobre todo, la guerra con Irán. Estos episodios parecen contradecir la imagen de una política exterior contenida. La pregunta surge de manera natural: ¿este enfoque previene conflictos o, por el contrario, aumenta el riesgo de involucrar a EE. UU. en guerras prolongadas? Durante la Guerra Fría, la disuasión se basaba principalmente en la amenaza de represalias. Los Estados evitaban confrontaciones directas porque anticipaban que una escalada tendría costos extremadamente altos. El enfoque actual parece operar bajo un supuesto diferente. En lugar de esperar a que los rivales pongan a prueba los límites estadounidenses, Washington busca demostrar de antemano que está dispuesto a usar la fuerza con rapidez y a una escala significativa. Este razonamiento ayuda a explicar el énfasis en operaciones breves pero de alto impacto. En los últimos meses, la política de seguridad estadounidense ha recurrido con frecuencia a ataques rápidos diseñados para producir un efecto inmediato sin requerir despliegues prolongados de fuerzas terrestres. La caída de Maduro y la ofensiva en Irán representan estas acciones contundentes destinadas a alterar el equilibrio estratégico antes de que los adversarios puedan consolidar su posición. Desde esta perspectiva, el objetivo no es mantener conflictos abiertos, sino comprimirlos. Si las amenazas se enfrentan desde una etapa temprana, es posible evitar que evolucionen hacia guerras largas como las que definieron las intervenciones en Irak o Afganistán. En teoría, esta demostración temprana de fuerza también podría desalentar a rivales como Rusia o China de desafiar directamente a un EE. UU. que ha demostrad que está dispuesto a remover regímenes hostiles o desmantelar amenazas de seguridad rápidamente. No obstante, el enfoque también implica riesgos evidentes. Una estrategia de disuasión basada en el uso visible de la fuerza puede transformarse fácilmente en un intento de imponer resultados políticos. En ese punto, la línea entre prevenir conflictos y provocarlos se vuelve menos clara. La guerra con Irán ilustra esta dificultad. Lo que comenzó como una campaña destinada a degradar capacidades nucleares y militares iraníes se ha convertido en una confrontación más amplia con implicaciones regionales. Incluso cuando los objetivos iniciales son limitados, la dinámica de escalada puede empujar el conflicto hacia escenarios más amplios. Otra incertidumbre reside en cómo interpretan estas acciones las otras grandes potencias. China y Rusia han criticado las recientes operaciones estadounidenses, pero hasta ahora han evitado una intervención directa. Esa cautela podría interpretarse como una señal de que la estrategia estadounidense está reforzando la disuasión. Al mismo tiempo, también puede incentivar a estos actores a acelerar sus propias preparaciones militares si concluyen que la confrontación con EE. UU. es inevitable. Existe además un riesgo estructural asociado a la acumulación de crisis. Cada intervención puede parecer manejable de manera individual, sobre todo si se limita a ataques puntuales o a operaciones conjuntas con aliados. El desafío aparece cuando varios escenarios se desarrollan al mismo tiempo. Gestionar conflictos en Medio Oriente, América Latina y potencialmente en Europa o el Indo-Pacífico pondría a prueba incluso las capacidades de la mayor potencia militar del mundo. Por ahora, la administración parece confiar en que las demostraciones de fuerza desalentarán nuevos desafíos. Si los rivales interpretan los acontecimientos recientes como una señal clara de que confrontar a EE. UU. resulta demasiado costoso, la estrategia podría contribuir a estabilizar el sistema internacional. Pero el margen de error es estrecho. La disuasión solo funciona mientras que los adversarios crean que escalar un conflicto tendría consecuencias mayores que contenerlo. En ese sentido, el resultado de esta apuesta dependerá menos de las operaciones militares en sí que de la manera en que otros actores ajusten su comportamiento en respuesta. La estrategia de la “paz a través de la fuerza” es, en última instancia, una apuesta tanto psicológica como militar. Su éxito solo podrá evaluarse cuando otros actores decidan hasta qué punto están dispuestos a ponerla a prueba y funcionará si y solo si los próximos presidentes de EE. UU. se comprometen con esta estrategia.

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