Donald Trump: ¿espejo incómodo de su tiempo?
2026-03-05 - 15:05
Trump no ocupa el centro: obliga a tomar partido. Odiado por muchos, amado por otros, Donald Trump, presidente número 45 de los Estados Unidos de América y nuevamente electo para un segundo mandato no consecutivo, una rareza histórica que solo comparte con Grover Cleveland, ya ocupa un lugar destacado en los registros de la historia. Trump no pasa desapercibido, tanto por sus decisiones polémicas como por su forma “políticamente incorrecta” de expresarse y por el impacto global que generan sus acciones. Especialmente en esta nueva etapa, su presidencia parece moverse sin pausas, como si el reloj político avanzara más rápido que el calendario. En 2026 sorprendió al mundo con la captura a domicilio de Nicolás Maduro, que lo mandó a traer más rápido de lo que uno se tarda en hacer un trámite en Guatemala; se atribuyó la operación en México que terminó con la muerte de Nemesio Rubén Oseguera Cervantes, alias “El Mencho”, líder del Cártel Jalisco Nueva Generación, considerado durante años uno de los narcotraficantes más buscados por las autoridades estadounidenses. Para terminar, el último día de febrero lanzó un ataque conjunto con Israel a Irán en la Operación “Furia Épica”, provocando que los demócratas del Congreso se rasgaran las vestiduras porque no les pidió permiso para iniciar una guerra. Pero Trump, muy astuto, está “apoyando” a Israel, por lo que no necesita aprobación del Congreso. Existe una frase célebre atribuida al pensador conservador francés Joseph de Maistre en su obra Considérations sur la France (1796), que afirma que cada pueblo tiene el gobierno que se merece. Más allá de la polémica que encierra, la idea central es potente: los gobiernos son, en buena medida, reflejos morales, culturales y políticos de las sociedades que los producen. En el plano moral, Trump encarna la defensa de valores conservadores tradicionales: la familia como núcleo social, la distinción de género (masculino y femenino), el orden, la autoridad, el patriotismo y una visión normativa de la vida social que busca preservar estructuras consideradas estables frente a cambios culturales acelerados. Para algunos esto es ancla; para otros, retroceso; y para otros, hipocresía de la sociedad. Para gustos, colores. Culturalmente, Trump representa una rebelión contra la cultura dominante de las élites políticas, mediáticas y académicas. Su estilo es popular y antielitista; su lenguaje, confrontativo; su narrativa es clara: pueblo contra sistema. Rechaza la corrección política y legitima una comunicación sin filtros como forma válida de expresión social. Políticamente, encarna un populismo nacional soberanista: prioridad absoluta al interés nacional (America First), desconfianza hacia organismos multilaterales, control de la inmigración, proteccionismo económico y énfasis en seguridad. Su relación con el electorado es directa, reduciendo el peso de intermediarios tradicionales. Aquí cabe mencionar su discurso del “State of the Union”, que fue todo un show presentando a la selección masculina estadounidense de hockey sobre hielo, el reencuentro de Enrique Márquez, preso político recién liberado de Venezuela, con su sobrina Alejandra González, rompiendo así su propio récord del discurso más largo de la historia. Por esto y tantas cosas más es que despierta tantas pasiones. Para sus seguidores, Trump dice lo que muchos sienten y creen que otros callan; desafía élites que perciben como arrogantes o desconectadas; simboliza fuerza, orden y defensa del interés nacional en un mundo que consideran caótico. Para sus detractores, rompe normas institucionales esenciales, normaliza un estilo divisivo, amenaza avances culturales considerados derechos adquiridos y concentra el poder de manera inquietante. Trump no ocupa el centro: obliga a tomar partido. Convierte la política en una batalla identitaria, y cuando la política deja de ser técnica para volverse identitaria, ya no se analiza con frialdad: se ama o se odia. No sorprende, entonces, que a su alrededor surjan constantemente rumores, expectativas y narrativas casi cinematográficas, provocando que todo mundo olvidara su intento de movimiento geopolítico de comprar Groenlandia. Con Trump, nada queda quieto. Trump parece consciente de que el tiempo es limitado. Cuatro años que parece que no le alcanzan para todo lo que quiere hacer. Prometió dejar una Venezuela libre, un Irán libre y una Cuba libre. Yo la prefiero con Zacapa. Amado y odiado, Donald Trump no pasará desapercibido en la historia. La pregunta, como siempre, queda abierta: ¿qué dice de nosotros el líder que genera tanta pasión? ¿Usted qué opina?