Cuba de rodillas ante Trump y Rubio
2026-03-16 - 13:45
La intercepción de una lancha —con probable origen en la Florida— por parte de la guardia costera cubana, dejó un saldo de cuatro fallecidos y un régimen que, ahora, se sienta a negociar con su mayor enemigo: EE. UU. En perspectiva. Las últimas horas han dejado imágenes que hace apenas unos años habrían parecido impensables en Cuba. Tras las protestas que empezaron de manera pacífica en la ciudad de Morón, manifestantes saquearon e incendiaron la sede del Partido Comunista en medio de protestas desencadenadas por el agravamiento de la crisis energética que mantiene a gran parte del país sumido en apagones prolongados. La escasez de combustible ha paralizado transporte, producción y servicios básicos, alimentando un clima de frustración históricamente acumulada que se ha traducido en disturbios en varias ciudades. En paralelo, el propio Miguel Díaz-Canel confirmó la apertura de conversaciones con EE. UU. que incluyen la liberación de 51 presos y la cooperación con el FBI para investigar el asesinato de los exiliados en la lancha. La combinación de protestas abiertas contra símbolos del régimen, el colapso energético y las negociaciones con Washington evidencia un momento de vulnerabilidad que pocos habrían imaginado hace tan solo unos meses. Sí, pero. Aunque esperanzador, no sería la primera vez que la isla enfrenta una crisis existencial; tras la caída de la Unión Soviética en los años noventa, el llamado “Período Especial” llevó al país a niveles de escasez que parecían insostenibles. Sin embargo, el régimen logró sobrevivir gracias a nuevas fuentes de apoyo externo y a su capacidad para mantener el control político interno. No obstante, hay un factor diferencial que nunca había enfrentado Cuba antes. Con el pasar de los días, la presión internacional no está disminuyendo, sino aumentando, y gran parte de esa presión se origina en una sola figura dentro de la administración estadounidense. Entre líneas. Marco Rubio ha convertido el caso cubano en una prioridad personal. Para el actual secretario de Estado, la confrontación con el régimen de La Habana no solo es un caso más de política exterior, sino una causa profundamente ligada a su historia personal y a su trayectoria política. Hijo de inmigrantes cubanos que huyeron de la revolución, Rubio ha construido gran parte de su carrera sobre una narrativa clara: el régimen castrista representa una injusticia histórica que debe terminar. Durante décadas, esa postura se expresó, principalmente, en el terreno legislativo y diplomático. Hoy, desde la jefatura de la diplomacia estadounidense, Rubio dispone de herramientas mucho más amplias para convertir esa convicción en estrategia. Comó funciona. La política que emerge desde Washington combina presión económica, aislamiento internacional y una ofensiva dirigida a golpear los pilares que sostienen al régimen. Uno de los elementos centrales ha sido el ataque indirecto a la principal fuente de estabilidad del sistema cubano —y lo que le sostuvo desde el colapso de la URSS—: el suministro externo de petróleo. Sin combustible suficiente para su ya deteriorada infraestructura eléctrica, la isla enfrenta apagones generalizados que paralizan la economía y la capacidad del Estado para mantener la normalidad cotidiana. En términos prácticos, EE. UU. ha destruido el margen de maniobra que históricamente permitió a La Habana sobrevivir a momentos de crisis. Durante el Período Especial, el régimen logró reconfigurar sus alianzas internacionales hasta encontrar nuevos salvavidas económicos —como lo llegó a ser Venezuela—. Hoy, entre las sanciones, la presión diplomática y la fragilidad económica de sus antiguos socios, encontrar un nuevo patrocinador es considerablemente más difícil. Ese aislamiento es precisamente lo que Rubio ha tratado de construir, con un régimen cubano sin suficiente energía, sin suficiente respaldo externo y frente a una sociedad cada vez más frustrada. Por qué importa. El resultado visible de esa presión es lo que empieza a observarse en las calles. Las protestas recientes no son simplemente manifestaciones por escasez material, algo relativamente común en la historia de la isla. El hecho de que se ataquen directamente símbolos del Partido Comunista revela un cambio psicológico importante: la crisis no se percibe solo como un problema económico, sino como un problema político. Aun así, la historia obliga a mantener cautela. El régimen cubano ha demostrado en múltiples ocasiones una capacidad notable para resistir situaciones que parecían terminales. Su control de las instituciones de seguridad, su experiencia en la gestión de crisis y su habilidad para negociar sin ceder el poder central han sido factores decisivos para su supervivencia durante más de seis décadas. Al fin y al cabo, un régimen no se sostiene por 67 años con bloqueos y una amenaza existencial a solo 150 km por mera suerte.