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Cuando el problema no es la democracia sino la renuncia a pensar

2026-03-20 - 15:02

Hace algunos años, en una entrevista publicada por el diario El Mundo, el filósofo político Jason Brennan formuló una de esas provocaciones que irritan precisamente porque rozan una verdad incómoda. El problema de la democracia, dijo, no son solo sus gobernantes, sino también sus votantes. La frase incomoda porque parece rozar el elitismo. Suena, en apariencia, como una descalificación del ciudadano común, como si la democracia debiera avergonzarse de su propio principio de igualdad política. Sin embargo, reducir la tesis de Brennan a una arrogancia académica sería una forma fácil, y quizá interesada, de no discutir el fondo del asunto. Lo que él pone sobre la mesa es una pregunta mucho más seria. ¿Qué ocurre cuando el voto deja de ser el resultado de una deliberación responsable y se convierte en un gesto impulsivo, tribal o simplemente desinformado? No es una cuestión menor. Hemos repetido durante décadas que votar es el corazón de la democracia, y lo es. Pero hemos olvidado que la calidad moral e intelectual de una democracia no depende únicamente del mecanismo electoral, sino también del tipo de ciudadano que participa en él. Un sufragio libre es indispensable, pero no suficiente. Si el elector vota dominado por el resentimiento, por consignas vacías, por lealtades ciegas o por una ignorancia cuidadosamente cultivada, el acto democrático conserva su forma, pero pierde sustancia. Brennan distingue entre los «hobbits», ajenos a la política y escasamente informados; los «hooligans», que viven la política como una hinchada vive el fútbol; y los «vulcanianos», racionales, prudentes, capaces de someter sus opiniones a examen. La clasificación puede sonar provocadora, incluso caricaturesca, pero no deja de retratar un fenómeno reconocible. Buena parte de la vida pública contemporánea se parece menos a una conversación entre ciudadanos que a una guerra de identidades cerradas. Se vota muchas veces no a favor de algo, sino contra alguien. No se razona, se reacciona. No se argumenta, se repite. Lo verdaderamente inquietante es que esta degradación del juicio político no ocurre por accidente. Las redes sociales, la lógica del escándalo permanente, la propaganda convertida en entretenimiento y la cultura de la consigna han producido un elector cada vez más emocional y menos reflexivo. Un ciudadano que confunde información con saturación, convicción con enojo y participación con exhibición. En ese contexto, la democracia corre el riesgo de convertirse en una liturgia vacía, perfectamente legítima en el procedimiento, pero cada vez más pobre en discernimiento. Ahora bien, reconocer este problema no obliga a aceptar sin más la solución de Brennan. Su epistocracia, ese modelo que daría más peso a los más informados, despierta una desconfianza razonable. Allí donde unos pocos se atribuyen el derecho de decidir quién sabe lo suficiente para influir en lo público, la tentación oligárquica aparece demasiado pronto. El remedio puede volverse peor que la enfermedad. No se trata de restringir la voz del ciudadano, sino de exigir más de ella. Tal vez el desafío de nuestro tiempo no consista en votar más, sino en votar mejor. Y votar mejor exige algo que ninguna papeleta garantiza por sí sola, formación del criterio, disciplina intelectual, sentido de realidad y una mínima humildad para reconocer que no toda opinión vale lo mismo en densidad, aunque valga lo mismo en derechos. Esa distinción, incómoda pero necesaria, debería preocuparnos más. Porque una democracia no se destruye únicamente cuando un tirano cancela elecciones. También se debilita cuando el ciudadano renuncia al deber de pensar y se conforma con sentir. Y cuando eso ocurre, el voto, que debía ser una expresión de libertad, empieza a parecerse peligrosamente a un acto de obediencia disfrazado de elección.

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