13 dólares en muerte, 1 dólar en vida: la ineficiencia biológica de la humanidad
2026-03-27 - 16:13
0:00 0:00 Durante el 2024, el gasto militar a nivel mundial aumentó un 9,4% respecto al año anterior, y alcanzando la cifra de 2 mil 718 billones de dólares; es decir, el 2,5% del PIB mundial. Una cifra que no se veía crecer de forma sostenida desde el final de la Guerra Fría. Según los datos más recientes del SIPRI y el IISS, al cierre del 2025 y las proyecciones para el 2026 indican que el gasto ha superado ya los 2,8 billones, impulsado principalmente por tres focos. El primero en Europa y la OTAN en donde varios países se comprometieron a alcanzar el 2% del PIB como meta mínima asegurando un flujo de capital masivo hacia la industria de defensa a corto plazo. El segundo en Rusia y Ucrania, estabilizando Rusia su gasto de guerra, cerca del 7,1 % de su PIB, mientras que Ucrania destina más de un tercio (34%) de su economía a la defensa, sostenida en gran medida por asistencia externa. El tercer foco en el Asia-Pacífico, China continúa su expansión constante superando los 314 mil millones, lo que ha provocado una reacción en cadena en países como Japón y Australia, que registran sus mayores incrementos presupuestarios en medio siglo. Mientras el gasto militar se cuenta en billones, la ayuda al desarrollo apenas alcanza las centenas de miles de millones. La desproporción es dramática. El gasto militar (2024-2025) alcanza los 2 mil 718 billones de dólares; mientras que la ayuda al desarrollo (AOD 2024) cayó a aproximadamente 214 mil 600 millones de dólares. ¿Quiere verlo más claro? Por cada 13 dólares que el mundo está invirtiendo en armas y soldados, solo destina 1 dólar a combatir la pobreza, la enfermedad o el cambio climático. Se puede hablar, entonces, de una brecha de billones vs. millones. Algo más: la AOD ha roto una racha de crecimiento con una caída de entre el 9% y el 17%, en los últimos años, debido a que los grandes donantes han reorientado sus presupuestos nacionales hacia la defensa y la seguridad interna. Los datos mostrados confirman que el mundo ha entrado en una fase de rearme armamentista estructural, donde la prioridad fiscal se ha desplazado de la protección social y el bienestar hacia la seguridad y la disuasión. Con ese escenario belicista en crecimiento, se hace evidente que la mayoría de la población mundial social y ambientalmente desprotegida aumentará. Si las armas dejaran de ser prioridad, hay dos cosas que se podrían hacer. Con un gasto menor al 4% del presupuesto militar anual (unos 93 mil millones de dólares) para el 2030 se podría erradicar el hambre en el mundo. Actualmente, ese dinero se consume en apenas dos semanas de presupuesto militar global. Se estima que 1 mil millones de dólares invertidos en el sector militar generan unos 11 mil 200 empleos. Esa misma cantidad invertida en educación generaría 26 mil 700 empleos, o 17 mil 200 en el sector salud. Y reorientar el 15% de los presupuestos militares cubriría totalmente los costos de adaptación climática de todos los países en desarrollo. Hay otro escenario a explorar en esto de las guerras: la perspectiva biológica. Si nos comparamos con grandes felinos (jaguares, leones o pumas), la diferencia entre «cazar» (economía productiva/supervivencia) y «hacer la guerra» (conflicto territorial/dominancia) revela una ineficiencia biológica aterradora de nuestra parte. En efecto, un felino es un «administrador de energía» extremo. En la cacería (inversión productiva), aunque un puma o un leopardo realizan esfuerzos explosivos, estos son breves y de resultados prontos. Investigaciones muestran que la búsqueda de presas consume mucho más que el ataque en sí. Sin embargo, el retorno de inversión (ROI) es claro: calorías para la supervivencia del grupo y la cría, más que de beneficio individual. Pasemos a la pelea territorial (gasto militar). Las peleas entre grandes felinos por territorio son el equivalente a la guerra. Aquí, el gasto energético es altísimo en breve tiempo, pero proporcional al gasto diario muy pequeño; el riesgo mayor es una lesión, y perder una pelea significa nueva búsqueda o, en su defecto, muerte por inanición. Veamos ahora la paradoja humana: los Estados están gastando el 2,5% del PIB mundial en «marcar territorio» y «afilar garras» (guerra). Si ese gasto lo hiciera el felino, moriría y se exterminaría la especie; y no digamos si el enfrentamiento se extendiera a acumular. De tal manera que biológicamente vemos tres cosas incongruentes en esa comparación. Gasto energético: el animal lo tiene optimizado para vivir y reproducirse; en el hombre hay un despilfarro para la disuasión, la explotación y matar. Prioridad en el uso de la fuerza: en el animal es eminentemente de supervivencia; en el hombre es un ir tras poder y riqueza. Consecuencias: en el animal, si no actúa, hay lesión o muerte por hambre. En el hombre hay crisis social, vivir trágico y alta mortalidad sobre todo en los que no se enfrentan. La humanidad está viviendo momentos de comportamiento antibiológico. Mientras que en la naturaleza la agresión intraespecífica (guerra entre la misma especie) se minimiza mediante rituales y marcajes para evitar el gasto inútil de energía y vida, la humanidad ha hecho de la pelea por el territorio su principal sumidero de pensamiento, emociones y recursos, guiado por la ambición. El resultado es que tenemos ahora un hombre con garras de titanio, pero con una biología interna (salud, educación, nutrición) en estado de caquexia y, quién sabe si de involución también.